En nuestro universo de apariencias, la Gran Noche de Shiva puede pasar desapercibida como una noche más, en la que la oscuridad cubre el cielo permeado, en realidad, por estrellas que auguran un espacio nuevo en la ascendente espiral. En este planeta, hay quien no se percata de que esta es una noche en la que el temor a la oscuridad se pierde, para solo quedar extasiados en cantos de gratitud que resuenan.
Como cada año, los Iniciados de la Escuela Valores Divinos, así como infinidad de devotos en el mundo entero, nos reunimos para celebrar este momento cósmico, en una noche que engendra un nuevo despertar del sueño, la muerte y el renacer.
Hasta el hecho de ver salir el sol entre los ventanales romboides del Mahamrityunjaya Mandir, en el Ashram Caminantes del Amanecer, justo luego de esta auspiciosa noche, es un acontecimiento glorioso.
Durante esta noche, seres conscientes se juntan para establecerse en la línea exacta de portales abiertos, gestando y germinando la semilla de la Nueva Conciencia, el Plan real, en sus dos acepciones, la majestuosa y la de la Verdad.
En esta confluencia de espacio-tiempo, este último pasa a ser propio y exacto para la evolución. La Fuerza Padre se apropia del tiempo, lo rige, siempre lo ha regido; se establece, en esta aparente noche, solo en luminosidad y fuerza vital, como promesa de vida.
La luna, en su expresión casi nula, no le queda más remedio que dar paso a la Fuerza Absoluta del Padre, momento en el que toda ilusión que pretenda ella proyectar queda opacada por ese fulgor único.
Todos nos situamos alrededor de un solo artefacto, el Shiva Lingam, siendo testigos de su infinitud reflejada en esa línea ovalada que lo contiene todo, lo recibe todo y lo proyecta todo. Allí sucede la unión perfecta del Padre con su Creación, en un abrazo de elipsis absoluta, en cada gota de leche, en cada partícula de yogur deslizada, en cada dulzor de miel y azúcar, y en la perfecta conjunción a través del incienso y la Luz.
Shiva danza y su Shakti danza, y el Universo se mueve en sincronía precisa. Cada participante se puede observar, si quiere, alineado en un solo cenital que nos desintegra para ser el Uno, en un momento, en un lugar, en un único centro.
Y se desvanece la separatividad, la fragmentación. Se puede sentir que nunca hemos sido abandonados por nadie más que por nuestra propia negación de ser en cada forma externa, en cada proyección de nosotros mismos. Y es lo que la vía propia intuye, precisa y alcanza.
El camino que la Escuela Valores Divinos, EVD, propone no es más ni menos que un sendero puro que nos adentra hacia lo profundo de nuestro Ser, llevándonos de vuelta, de lo externo a lo interno. Este sendero permite entender sucesos como la Gran Noche del Señor Shiva, en un espacio-tiempo de confluencia total.
Confluimos, nos encontramos en un abrazo infinito, en la Eternidad de un instante, somos.

