La historia muestra lo poco que como humanidad hemos aprendido. Nos mantenemos sobre una replicancia adaptativa de comportamientos justificados como supervivencia, basados en violencias a las que nos ajustamos, haciéndonos funcionales, en una realidad hostil.
Y son las guerras ese lugar oscuro que hemos normalizado aunque nos haya incluso tocado padecerlas en algun momento. Mientras no está activa cerca, la desconocemos; si es la circunstancia de otros es noticia, son sucesos.
Atrocidades que se suceden por siglos, aunque solo algunas alcanzan un lugar de repudio colectivo lo suficientemente amplio como para sentar precedentes que eviten la repetición, más no se ha logrado una cesación en algunos lugares y entre algunos agentes.
En la antigüedad fue considerada como un derecho natural de los estados e imperios, más fue solo hasta el siglo XX cuando se constituyeron mecanismos jurídicos que regularan las confrontaciones y se crearon instituciones para juzgar las atrocidades de la Guerra, siendo un hito el tribunal internacional conformado por los países aliados contra la alemania nazi, en el que se procesaron y sentenciaron 24 figuras del regimen nazi.
«La única pista de lo que el hombre puede hacer es lo que el hombre ha hecho» es la frase con la que se baja el telón de la reciente obra cinematográfica “Nuremberg”, que desarrolla justamente lo acontecido en este tribunal internacional de justicia mencionado, evidenciando las tensiones entre las leyes humanas y la ética.
Atribuida al filósofo, historiador y arqueólogo ingles Robin George Collingwood, quien aportó relevantes enfoques en la construcción histórica, esta máxima evidencia con tal simpleza su experiencia con los rastros que ha dejado la humanidad siendo irrefutable el hecho de que toda accion es en si misma una evidencia, un rastro del cual al parecer nadie puede eludirse.
Pese a los esfuerzos por responsabilizar, sancionar y promover la no repetición, la humanidad en lugar de alejarse del conflicto, continua inmersa replicando violencias y en lugar de adaptarse a la paz, se sumerge en una adaptación para sobrevivir a la propia degradación.
Cambian los agentes que ejecutan las atrocidades, justifican y evaden estos marcos jurídicos que otrora crearon algunos de los hoy promotores de nuevas guerras, dejando en evidencia una plasticidad moral respaldados en un afán de sobrevivir, validando procesos que destruyen.
Aunque las Leyes evolutivas que nos rigen, sabemos que siempre se cumplen, el asunto no es que dejemos que todo suceda porque cada responsable tendrá su karma, ya que la degradación permitida y no contenida, refuerza una inercia del modelo de replicancia donde el trauma se sigue heredando y ejecutando la venganza.
Que nuestras acciones hoy para los tiempos por venir, dejen pistas de luz que el hombre de mañana pueda seguir cuando se sienta llamado por la venganza para ya no repetirla más. Si vamos a dejar rastros que sean de Verdad y Amor, que resplandezcan y eleven a quienes se sientan pedidos, honrando lo puro de nuestra Divina Humanidad.

